Empecé a recordarme, a imaginarme. Sentí unas ganas enormes de cantar. Canté sin miedo, con todas mis fuerzas. Necesitaba desahogarme y ahogarme en el sonido. Me quedé ahí por un largo rato, me fundí con el aire que iba saliendo, me deshice. Me convertí en agua, en temor, en ruido. Luego regresé y deje de intentarlo todo. Me equivoqué y me frustré, me volví a equivocar. Esta vez lo único que pude entonar fue una risa larga y deliciosa.